Para este descenso se requieren esquiadores muy expertos, ya que se necesita una mano para esquiar y otra para sostener la antorcha, además de que la nieve ya se ha helado a esas horas y no esta en condiciones.
Se desciende haciendo “eses” un esquiador detrás de otro, en un verdadero espectáculo nocturno, para disfrute del público y de los participantes.
Por supuesto el Rey estaba allí a la hora en punto y se subieron todos en el telesilla, para empezar el espectáculo.
Empezó el descenso y cuando se llevaban recorridos unos pocos metros… ocurrió el accidente. El Rey perdió el control y se llevó por delante al esquiador que le precedía y los demás o se pararon, o se apartaron. Los del servicio de seguridad y los monitores se abalanzaron sobre su majestad, alarmados por la espectacular caída y cuando llegaron a el…
¡Tranquilos, tranquilos. Estoy bien, no me ha pasado nada! Por supuesto la preocupación y la cara de susto que tenían todos fue monumental. A Dios gracias no se rompió nada y no fue necesaria la intervención de la ambulancia. Al otro esquiador que arrolló, tampoco le paso nada.
Todo el mundo sabe el carácter campechano del Rey y que se apuntaba a todo, y sí, era un experto esquiador, y le encantaba todo el pirineo Aragonés y Catalán, subía muy a menudo y tenía y tiene grandes amigos, pero a veces se “pasaba” de imprudente, siendo quien es… el Jefe del Estado.
Por cierto que tiene varias lesiones de rodilla y tobillo por “culpa” de su afición al esquí, y a Candanchú subía solo, sin familia y se sentía libre y feliz, según me comentaron todos los monitores.
Y… ademas estaba muy bien asegurado, pero que muy bien… Doy fe.
